La falsa idea del matrimonio como contrato


“El matrimonio es un contrato de afectividad que no garantiza nunca su cumplimiento, pues el cariño se revisa cada mañana” (Pilar Barrero)

Un contrato es un documento donde dos partes hacen un acuerdo, especialmente comercial, y establecen los términos del mismo señalando en el documento las consecuencias del rompimiento del contrato. La rúbrica, generalmente ante un veedor calificado, usualmente un notario o escribano, le da validez legal al documento.


Los buenos contratos establecen derechos y deberes, a menudo, de una manera equitativa entre ambas partes. Los malos contratos, dejan vacíos o ambigüedades que en alguna medida afectan a una parte, y los contratos pésimos, son aquellos que incluyen una “letra chica” que generalmente nadie lee, que en muchos sentidos, invalida puntos del contrato, a favor, de quien promueve la firma del mismo. Los bancos, casas comerciales y empresas son especialistas en hacer contratos, y en muchas ocasiones, estableciendo con palabras rebuscadas y ambigüedades exigencias y consecuencias que son generalmente a favor de la empresa comercial.

Cuando una persona se siente afectada por un contrato, lo normal es que se establezcan demandas civiles que busquen reparación de daños o establezcan la forma de que se cumplan los artículos establecidos en el contrato, que muchas empresas, mañosamente, intentan no cumplir. Eso es común, por ejemplo, con contratos de salud, cuando en el momento en que una persona se enferma y necesita que su aseguradora le cubra los dineros para su enfermedad salgan con cuestiones como “enfermedad catastrófica”, “condición pre-existente”, y otras frases que en buen castellano significa que si se enferma, la aseguradora hará lo imposible para no pagar, porque el espíritu de lo que ellos han firmado es que usted no debe enfermarse. Parece chiste, pero no le es para miles de personas que a diario viven y se sienten engañados por aseguradoras, casas comerciales, bancos, empleadores y miles que procuran no cumplir sus contratos.

Hace algunos años compré un aparato electrónico que venía sellado en una caja de plástico difícil de romper. Tuve que usar un cuchillo y paciencia para abrirlo. Cuando lo hice, me di cuenta que el aparato venía fallado. Al otro día me dirigí a la tienda donde lo había adquirido y me dijeron que no me lo podían cambiar porque yo había roto el envase que lo contenía. Me quedé mirando a la mujer que me atendió como si fuera un chiste y le pregunté:

—¿Cómo se supone que iba a usar el aparato si no lo sacaba de la caja sellada?

—Bueno, así es la política de la empresa —me dijo.

Luego me hizo leer una letra pequeñísima que venía en la boleta que me habían dado que decía que no se aceptaban devoluciones y si el aparato tenía alguna falla debía venir sellado en su caja original.

Pedí hablar con un supervisor y me contestó lo mismo. Los amenacé con una demanda y me dijeron hágalo, pero usted conocía las reglas del contrato. Ahí me enteré que cuando uno compra un producto, la boleta o factura es la parte del contrato que usted recibe, y al recibirlo está diciendo explícitamente que está de acuerdo con el trato y que se compromete a respetarlo. Recurrí a la policía y me dijeron que no podían hacer nada. Finalmente, fui a una entidad estatal que se dedica a defender los derechos de los consumidores y ellos me ayudaron. Hicieron un memorándum a la empresa de aviso de demanda legal, y a los días me citaron para que fuera a buscar un nuevo aparato. Huelga decir que nunca más he pisado esa tienda. Ese es un ejemplo de contrato malicioso.

La mayoría de las personas piensa en términos contractuales. Ya no valen promesas de mano o de palabra. La gente pide que quede por escrito y es válido, toda vez que al hacer un contrato firmado se supone que la persona está más segura y protegida ante una eventual falta al contrato, aunque no siempre es así, como lo demuestran los cientos de casos de “violaciones de contratos” que efectúan empresas fraudulentas para obtener beneficios impropios, eso significa que el contrato no es una protección absoluta.

Muchos entran al matrimonio con la idea de contrato civil que se remonta a los postulados que introdujo el filósofo francés nacido en Suiza, Jean Jacobo Rousseau (1712-1778). Los individuos establecen compromisos contractuales donde las partes se obligan a sí mismos a cumplirlos. Bajo esa premisa, muchas personas casadas creen que deben cumplir su parte del contrato a como de lugar.

Los matrimonios que introducen la mentalidad de contrato en su relación están expuestos a no entender claramente el significado del matrimonio y sujetos a ira, resentimiento y a creer que están obligados a quedarse, aunque todas las condiciones o evidencias digan lo contrario.

El contrato en esencia es un compromiso donde dos partes asumen obligaciones una con la otra. Si compro una casa, por ejemplo, usando un crédito hipotecario, tengo la obligación de pagar las cuotas al banco o de otra forma, el banco puede legalmente expropiarme el bien raíz porque no he cumplido con mis obligaciones contractuales. En ese sentido, no tendría nada que alegar, ni siquiera si hubiera atenuantes para mi deuda.

El gran problema es cuando confundimos la relación matrimonial que es un pacto, con la situación comercial del contrato. Es cierto que las leyes establecen una especie de sociedad conyugal, pero eso ha tenido como fin salvaguardar derechos que en algún momento se han perdido en la historia, especialmente para los hijos y esposas. No obstante, la Biblia no presenta nada de eso, simplemente, establece que el matrimonio es un pacto de amor.

Los contratos tienen un tiempo limitado. Hasta para el cementerio hay que establecer clausulas de tiempo. Hace poco mi madre se quejaba de que el contrato de su fosa del cementerio sólo dura 30 años. Para mis adentros me reí pensando para qué querría un contrato indefinido. No obstante lo anterior, los matrimonios no son un contrato con plazo fijo. Cuando tenemos mentalidad contractual entonces, no nos esforzamos suficiente para que el asunto funcione, total, si las partes no cumplen, se acaba y punto.

De hecho, la expresión más común es “te amaré para siempre” o “estoy comprometido contigo para siempre”, nadie ama pensando que su amor tiene fecha de caducidad. Si así fuera, nadie se atrevería a amar. Por esa razón, la mentalidad contractual introducida al matrimonio es un problema, porque la gente sabe que a la primera falla puede anular el contrato o pedir una indemnización. Pero si es un pacto de amor, sé ciertamente que la única manera que el pacto funcione es renovándolo diariamente y luchando para que perdure porque no es un contrato a plazo fijo.

Por otro lado, la mayoría de los contratos tiene especificaciones puntuales sobre lo que resuelve. Si compro un electrodoméstico, el contrato debe incluir una garantía para que lo reparen en caso de que tenga una falla. Sin embargo, por lógica no puedo pedir en vez de reparación del electrodoméstico que me den un perro de mascota. Simplemente, el contrato no lo estipula.

En un pacto de amor, no hay elementos contractuales definidos. Pueden ocurrir muchas cosas en el camino. Alguien de la pareja puede enfermarse, por ejemplo, y la otra parte no podría alegar finalización del contrato por mercancía en mal estado. No se supone que así funciona. Uno hace un pacto de amor que contempla el estar con el ser amado en las buenas y en las malas.

Hace tiempo recibí una carta de un hombre que me contaba que su esposa lo había abandonado porque él había tenido una mala racha y había tenido que vender su empresa. Cuando logré conversar con la mujer le pregunté por qué se había ido y la respuesta de ella, fría y cortante fue:

—No me casé para ser pobre.

—Es decir -le repliqué- usted se casó con el dinero de su esposo, no con él.

Ella no contestó. Pero hay miles, con mentalidad contractual, que pretenden que al fallar una parte del contrato, simplemente, éste debe anularse. En un pacto de amor, la pareja se la juega día a día para lograr que el pacto se mantenga, aún pese a las circunstancias.

El contrato además se basa en la premisa de que si tú das yo doy, es decir, no hay nada gratis. Los que entran al matrimonio con mentalidad contractual hacen lo mismo, “si ella me hace feliz, entonces, yo me ocuparé que sea feliz”. Tu das, yo doy. Con esa mentalidad, no es extraño que los divorcios estén a la orden del día y que cada vez más personas teman comprometerse en una relación matrimonial porque sienten que la presión es demasiada. El pacto de amor no se basa en recibir, sino en dar. El amor da sin esperar nada a cambio, porque el amor, por definición, no es egoísta.

Los contratos se hacen con el fin de obtener bienes deseados. El banco quiere tu dinero y tú quieres que cuando lo necesites el banco o te devuelva tu dinero con intereses o que te preste al más bajo interés. Es un negocio. No es caridad ni un acto de amor. Es llanamente una acción comercial. Sin embargo, el matrimonio construido sobre esas premisas, ciertamente, en algún momento fallará, porque ningún ser humano es perfecto y nadie cumple todas las expectativas necesarias para mantener a otra persona permanentemente contenta. De allí que la idea bíblica de pacto tenga más sentido toda vez que en un pacto de amor lo que priman son las características del amor, tal como las expresa Gálatas 5:22-23. En ese contexto está garantizado que se tratarán de una forma ecuánime y con equidad. Bajo un contrato, eso no ocurre.

Los contratos son explícitos y se sustentan sobre cuestiones definidas. Si voy al banco y pido un crédito hipotecario seguramente tendrá que firmar un contrato que tendrá una extensión de varias páginas, con letra relativamente pequeña, donde en el estilo de artículos numerados se especifican explícitamente las condiciones del contrato. La razón de que la mayoría de los contratos comerciales sean tan detallistas es porque se ponen en todas las posibilidades y no dejan al azar situaciones que podrían, eventualmente, perjudicarles.

Sin embargo, en el matrimonio eso no es posible. Si hubiera que establecer un contrato matrimonial en serio, no dudo que tendría una extensión mínima de más de cien páginas y me quedo corto, porque hay muchas posibilidades de que en el transcurso se realicen acciones que pongan en peligro dicho contrato. Por esa razón, la idea de pacto que presenta la Biblia, es mucho más lógica. Se hace un pacto de amor básico donde ambos se comprometen con la felicidad mutua y se hacen el propósito de alimentar la relación de tal modo que cuando vengan situaciones críticas tengan el suficiente trasfondo de paz y felicidad, que les permita sortear la crisis de manera eficiente. Con un contrato matrimonial, eso no sería posible y se hundirían como se hunden las parejas cuando comienzan un divorcio, una vez que dieron el paso surgen un sin fin de especificaciones al contrato (ficticio), que es imposible que alguien en su sano juicio o normal puede cumplirlo. Eso genera dolor, sensación de fracaso y evidentemente, mucho desencanto con algo que no puede nunca funcionar como si fuera un contrato comercial.

El matrimonio de personas que son creyentes, que se ubican en el contexto del plan original de Dios, no es un contrato, es mucho más que eso, es un pacto que se sustenta sobre premisas más complejas que nos llevan a la siguiente cuestión, pacto e individualidad (tema 4).

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez, del libro inédito 
El matrimonio es un pacto

Comentarios

  1. Bastias Parra Maritza12 de enero de 2016, 8:36

    Cuando se habla de matrimonio como contrato va derechito al divorcio .... No hay intencion de cumplirlo porque en la ley terrenal sobre el matrimonio hay clausulas q se transforman en una imposicion Sin amor

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  2. Felicitaciones Dr. Nunez,

    Hay en su exposición principios elevados e inspirados.

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