Dos tipos de padres, dos resultados


Pocas veces tengo la oportunidad de ver en plena acción dos ejemplos de algo que enseño continuamente: A los hijos hay que dejarlos volar, enseñarles a extender sus alas, de otro modo, terminamos asfixiándolos y simplemente no crecen.

Estuve en un encuentro de jóvenes, en la playa, me encanta participar en estos eventos, porque la juventud revitaliza. Fueron tres días intensos, de talleres, diálogos, confrontaciones dialécticas amistosas, de risas, aprendizaje, motivación y lo que se encuentra en grupos de jóvenes dispuestos a aprender y aportar.

Lo organizó un grupo de jóvenes profesionales liderados por una arquitecta y un ingeniero. Los otros del grupo de líderes eran dos médicos, dos ingenieros, una contadora y un maestro. El promedio de edad de unos 24 años. Sin embargo, a diferencia de otros eventos en que he participado, esta vez varios padres estaban presentes, lo que no es habitual, pero, allí estaban junto a sus hijos jóvenes-adultos.

En un momento me acerqué a una pareja de adultos que estaban participando activamente en lo que hacíamos en un taller, les pregunté si entendían la actividad, y me respondieron que estaban fuera de práctica, pero estaban contentos de participar. Luego a boca de jarro les pregunté qué estaban haciendo allí si la actividad era para jóvenes. La madre, una maestra, me dijo en tono de complicidad: 


-Hemos venido a apoyar a nuestra hija. 

-¿Apoyar o controlar? —respondí en tono de broma. 

-No, a esta edad ella no necesita control, pero le hace bien que la apoyemos, desde lejos, vinimos con su otra hermana. 

Ahí me enteré que eran los padres de la joven arquitecta que dirigía todo. Tranquilos, relajados, entusiasmados, sin meterse en el camino de su hija, sólo se limitaron a estar, sin hablar, sin intervenir. Los observé en varias ocasiones, y simplemente se limitaron a dar muestras de cariño, a interactuar con los jóvenes, a sonreír, y participar con las mismas energías que los otros participantes, pero entendiendo que eran de otra generación y allí estaban sólo para dar soporte.

En la tarde conocí a otra pareja, ambos profesionales. Les hice la misma pregunta pero esta vez la respuesta fue diferente. 

-Tenemos el deber de estar, están muy jóvenes como para soltarlos. 

Cuando indagué por la edad de los hijos, uno de 23 y otro de 21, les dije: 

-Ellos ya no son niños. 

-Sí, pero de todos modos, hay que estar con ellos —respondió la madre un tanto incómoda por mi respuesta. 

En el transcurso del evento me dediqué a observar a los dos jóvenes, una dama y un varón. Parecían sin alas, sentados constantemente cerca de sus padres, no les conocí la voz, si la de sus padres que en más de una ocasión opinaron, como si los protagonistas fueran ellos.

Dos familias, dos resultados. En una familia crían águilas para volar, en la otra, ovejas para mantener en el corral. No sería extraño que los jóvenes de la segunda familia tengan un miedo patológico a arriesgarse y a probar. No se aprende a volar si no se extienden las alas y se realiza el movimiento de alzar el vuelo. Lamentablemente, algunos padres, suponen que su tarea es “proteger”, olvidando que eso es cierto hasta cierta edad, cuando los hijos precisan de cuidado por ser más vulnerables, pero llega un momento donde es preciso dejarlos emprender el vuelo, aún a riesgo de que hieran sus alas y tengan más de alguna caída estrepitosa.

La paternidad exige confianza y aliento. Sin ella, criamos a ovejas miedosas, timoratas y sin deseos de salir de la comodidad del redil. Un padre o madre sabia alienta a sus hijos a volar fuera del nido, a dar pasos que suponga riesgo, aun cuando eso deje a los padres con ansiedad y con temor. Lleva tiempo entender que sin riesgo no hay crecimiento.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Se prohíbe la reproducción total o parcial del presente 
artículo sin la autorización expresa del autor.
Originalmente publicado en Espacio Crea Mundos

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