El valor de la amistad



Los niños necesitan amigos, eso es innegable y es parte de su formación como seres humanos. A veces, no lo entendemos y los padres no le dan la importancia que eso tiene.

Recuerdo, con cierta nostalgia, cuando nuestra hija comenzó con las “piyamadas”. Vivíamos en Argentina en ese momento. No me atraía mucho la idea de tener a un montón de niñitas en casa haciendo ruido y riéndose hasta las dos de la mañana. Sin embargo, mi esposa, lo entendió mejor que yo. La primera vez lo prepararon hasta el mínimo detalle. Comenzaron a llegar las niñas que traían sus padres. Organizaron juegos, una sesión infaltable de películas y sin duda, reírse y hablar hasta que las venció el sueño. Al mirar en retrospectiva siento que fue un momento muy especial. La oportunidad de nuestra hija para estrechar vínculos con otros.

En el caso de nuestro hijo, que no era tan amiguero como su hermana, la situación vino de otra forma. Solíamos salir los fines de semana que podíamos a ver algún espectáculo, al cine o simplemente ir a pasear a algún lugar. Un día nuestro hijo, que se lleva seis años menos que su hermana, preguntó si podía llevar a un amigo. Al comienzo arisqué la nariz. No me parecía, era un compromiso familiar. Luego lo pensamos mejor y accedimos. Hicimos un acuerdo, así que de vez en cuando, no todas las veces, llevábamos a alguien, a veces más de un amigo.

En ambos casos, el compartir con los amigos de nuestros hijos tenía un doble valor, no sólo ver la interacción de nuestro hijo con sus amigos, sino además, poder conocer a las personas con las que se relacionaban nuestros hijos.

Al crecer se hizo tradición que los amigos de nuestros hijos vinieran a casa, especialmente los sábados de noche. Siempre vivimos en casas grandes, así que no era problema que vinieran, mi esposa, anfitriona por naturaleza solía mezclarse con ellos y conversar, y yo me iba a la cocina a preparar algo, generalmente pizzas o comidas rápidas. Hicimos el lema de que no importaba que vinieran y nos vaciaran el refrigerador, ya iríamos alguna vez a sus casas para hacer lo mismo… Al pasar los años, al saber que ya nuestros hijos no están con nosotros, valoramos esos momentos como instantes de oro. No es de extrañar que cuando emigramos de Argentina, la despedida más auténticamente afectiva, fue la que organizaron los amigos de nuestros hijos. Nos invitaron a un restaurant como sorpresa, en realidad, nos llevaron engañados, y allí nos esperaban unos 100 jóvenes que nos brindaron un momento especial, simplemente, por abrirles nuestra casa y darles la oportunidad de ser parte de nuestras vidas.

Muchos padres se privan a sí mismos del privilegio de conocer a los amigos y amigas de sus hijos, porque no crean un ambiente agradable para que ellos vengan a nuestros hogares. Mi madre solía decir, lo que se convirtió en eslogan familiar: “Donde mis ojos te vean y mi mano te alcance”. Los hijos son visitas, que tarde o temprano se irán para formar sus propios hogares. Mientras tanto, podemos ayudarles en el camino de encontrar su propio rumbo, creando instancias para recibir a sus amigos y darles la oportunidad a ellos para que nos conozcan y a nosotros, una instancia valiosísima para conocer a las personas que se relacionan con nuestros hijos.

La amistad es algo fundamental en el desarrollo del ser humano. Muchos de los amigos y amigas de nuestros hijos, proceden de la niñez, al igual que nos pasa a nosotros los adultos. Por esa razón, ayudarles, creando momentos para que ellos tengan la oportunidad de interactuar con amigos, es de un valor incalculable. Es cierto que es más gasto, que provoca incomodidades… pero los hijos se van rápido, y luego, todo eso se olvida, pero lo que queda, vale la pena toda la inversión en recursos y en energía. 


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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Originalmente publicado en Espacio Crea Mundos

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